El alba llegó a Santo Domingo sin hacer ruido.
La luz se filtró poco a poco entre las cortinas, dibujando una franja dorada sobre el suelo de la habitación. Afuera, los pájaros comenzaban a disputarse las ramas del árbol de mango y, desde algún punto de la casa, llegaba el rumor apagado de una cafetera. La familia todavía dormía casi por completo, agotada después de una noche de conversaciones, comida y niños que habían insistido en mantenerse despiertos mucho más de lo permitido.
Valeria abrió