La mañana despertó envuelta en una brisa ligera que traía el aroma intenso de los campos de café que rodeaban la finca, mezclándose con el perfume dulce de las guayabas maduras que caían despacio de los árboles plantados en los bordes del camino hace ya décadas. El cielo tenía ese tono azul pálido, casi transparente, que solo se ve en los días en que el aire está tan limpio que parece que se puede tocar el horizonte con la mano. A lo lejos, el mar susurraba su canción eterna, y el canto de los