El sol comenzaba su descenso lento y majestuoso, pintando el cielo de Santo Domingo con una paleta que parecía obra de la naturaleza misma: naranja intenso que se difuminaba en violeta suave, manchas de rosa pálido y un dorado espeso que caía como un manto cálido y vivo sobre cada rincón de la casa, sobre las tejas de arcilla, sobre las hojas de los árboles y sobre las flores que habían visto nacer y crecer a sus hijos y nietos. El jardín, testigo mudo y fiel de casi cinco décadas de vida compa