La puerta se abrió despacio.
No de golpe. No con violencia.
Como si quien esperaba al otro lado supiera perfectamente que no necesitaba irrumpir.
Valeria entró como entra una tormenta contenida: sin prisa, sin ruido… pero alterando todo a su paso.
Llevaba un abrigo oscuro perfectamente entallado, el cabello recogido con precisión impecable, y una expresión tan serena que resultaba más intimidante que cualquier amenaza.
Sus ojos recorrieron primero a Adrián.
Después se posaron en Isa.
Y sonrió.