Alexander
Los días volvieron a su orden quirúrgico.
Reuniones a las ocho, café negro —sin azúcar, sin alma— a las ocho y treinta, dos llamadas con socios que medían su ambición en ceros, y un almuerzo a solas frente a la pantalla con un documento de expansión internacional que debería emocionarme. Debería.
Pero todo sabía a ceniza.
Mi asistente me entregó una agenda impoluta cada mañana, como si creyera que el control podía sustituir la ausencia. Y yo fingía que sí. Que los márgenes perfectamen