Mia
La lluvia tamborileaba contra los ventanales de su apartamento como si el cielo estuviera igual de confundido que yo. Alexander había insistido en que fuéramos allí después de la visita al archivo familiar. No a mi departamento, no a la oficina. A su refugio. Su cueva de cristal con vista al caos de la ciudad.
Nos habíamos pasado la tarde en silencio. Él cocinó —sí, el CEO más temido de la ciudad sabe hacer pasta— mientras yo observaba desde el sofá, con una manta que olía a él envolviéndom