El sol de la tarde cae con una calidez engañosa sobre el parque, filtrándose entre las hojas del enorme roble que nos sirve de refugio. Observo a mi sobrina trepar por la resbaladilla con una energía inagotable, su risa flotando en el aire como burbujas de cristal que amenazan con romperse en cualquier momento. A mi lado, en el banco de madera, Ethan dormita plácidamente en su cochecito, ajeno a las corrientes subterráneas que sacuden el mundo de los adultos.
A pesar de la estampa familiar, la