La mañana siguiente llega con una luz plateada que se filtra por los ventanales del comedor de la mansión Belmont, pero para mí no hay claridad. Me encuentro removiendo mecánicamente la fruta en mi bol de porcelana, observando cómo los trozos de fresa y kiwi se bañan en el yogur sin tener el más mínimo apetito. A mi alrededor, el caos controlado de una familia desayunando debería haberme reconfortado, pero mi mente sigue anclada en la oscuridad de la carretera y en las palabras de Lucien.
Cuand