Dejé a Lucien de pie en medio de la pista de baile. Escucho mi nombre escapar de sus labios en una orden disfrazada de súplica que ignoro con cada fibra de mi ser. Mis tacones golpean el suelo con una furia rítmica mientras atravieso el salón, ignorando las miradas curiosas de la alta sociedad que se aparta a mi paso. Mi objetivo es la mesa donde Arthur, el hombre que me había rescatado, conversa con un caballero elegante, mientras Xander Kennedy apura su copa con una expresión de pura derrota