El aire en el salón de juntas de los Ivanov se ha vuelto denso, un fango invisible que me impide respirar. Siento el peso aplastante de Coliseo sobre mí, el guardia que siempre me miró como si fuera carne de matadero. Su mano, enorme y con olor a tabaco rancio, me oprime la boca con tanta fuerza que siento mis dientes clavarse en el interior de mis labios. Intento gritar, pero el sonido muere en mi garganta, convirtiéndose en un gemido sordo que rebota contra las paredes de ébano.
El pánico es