El silencio en la habitación de invitados de la casa de Luciana es una presencia física, un peso que se asienta sobre mi pecho y me impide respirar con normalidad. Estoy acostada, con la mirada perdida en las sombras que el armario proyecta sobre la pared, pero mis ojos no dejan de desviarse hacia la mesa de noche. Allí está. Ese sobre amarillento que parece contener el fin del mundo tal como lo conozco.
Mis noches suelen ser un torbellino de luces de neón, música retumbante y el roce de la sed