Abro la puerta de mi habitación y cierro de un golpe, sin molestarme en poner el cerrojo. ¿Para qué? Estoy encadenada a esta maldita cárcel. Me quito los tacones. Los zapatos caen con un sordo en la alfombra, y el alivio de liberar mis pies adoloridos es como un soplo de aire fresco.
Cierro los ojos, intentando respirar profundamente, buscando un momento de silencio mental, un pequeño respiro antes de la confrontación que había presenciado. Mi conversación con Belmont fue una insensatez, una ma