Mundo de ficçãoIniciar sessão
Lira se detuvo en el umbral. La respiración se le quedó atrapada en la garganta, como si el aire de pronto se hubiera vuelto escaso en la cima de una montaña. La noticia urgente que traía consigo se le arrancó de la lengua y quedó sin pronunciar.
Su corazón latía con fuerza, no por haber corrido, sino por el brutal golpe que acababa de presenciar. Frente a ella, en la sala del Alfa, estaba Evan —su compañero de cuatro años— con los brazos firmemente rodeando a Mira, su rival. La mano de Evan reposaba posesivamente en la cintura de Mira. Mira alzó el rostro, tan cerca del mentón de Evan que casi lo tocaba. El espacio entre ellos no existía. Íntimo. Repugnante. —¿Evan? —la voz de Lira se quebró como vidrio. Los fríos ojos azules de Evan se volvieron hacia ella, desprovistos de la calidez que ella alguna vez conoció. Su mirada la atravesó, desnudándola, como si Lira no fuera más que un parásito y no su compañera unida por el vínculo. Mira sonrió, con una mueca afilada y victoriosa. Apoyó la cabeza contra el pecho de Evan, reclamando su lugar. Esa escena… era veneno, infiltrándose y fracturando los huesos mismos de la esperanza. Lira no tenía lobo. No poseía un lobo interior, ninguna conexión espiritual. Una vergüenza. Su debilidad. El vínculo que compartían había sido real, fuerte. Un lazo de amor forjado durante cuatro años. Un lazo que ella creía irrompible. Había venido para entregar una noticia urgente sobre la madre de Evan. Una noticia que podía cambiarlo todo. —He estado esperando el momento adecuado para hablar, Lira —dijo Evan, con voz plana. No soltó a Mira. —¿El momento adecuado? —Lira dio un paso al frente—. Tu madre… —Espera —la interrumpió Evan, alzando la mano para silenciarla. Lira se quedó inmóvil. El dolor le desgarró el pecho, destrozando su valor. Buscó en los ojos de Evan, desesperada por encontrar fragmentos de su pasado. Sus risas, sus promesas bajo la luna llena. Nada. Vacío. —He tomado una decisión —continuó Evan—. Necesito una Luna para esta manada. Una Luna perfecta. La sonrisa de Mira se ensanchó mientras levantaba la mano para acariciar la mandíbula de Evan. La sangre de Lira se heló. Una Luna perfecta. Las palabras eran agujas de hielo. —Lira, esto se terminó —dijo Evan con brusquedad, sin el menor rastro de compasión. Terminado. Cuatro segundos. Cuatro años de amor borrados. El cuerpo de Lira se aflojó. Sentía que las piernas podían ceder en cualquier momento. —Estás bromeando —susurró. No era una pregunta, era una plegaria desesperada. —No. Mira es mi compañera —dijo Evan, mirando a Mira—. Tiene un lobo natural, un linaje fuerte. Es la Luna que necesito. Rechazo. La palabra quedó suspendida en el aire, oscura y pesada. Lanzada a su rostro. Evan no usó su poder de Alfa. No. Esto era mucho más cruel: la rechazó como persona. Rechazó su amor, frente a su rival. El estómago de Lira se revolvió. Dolía más que la mordida de un lobo. —¡Te di cuatro años de mi vida! —gritó Lira. —El amor no es suficiente —respondió Evan con frialdad—. La manada importa más. Necesito un heredero. Un heredero. Eso era lo que quería. Lira tragó saliva, saboreando hierro en la lengua. —Está bien —dijo Lira, obligándose a mantenerse erguida—. Haz lo que quieras. Pero vas a escuchar esto, Evan. Es urgente. Es sobre tu madre. La expresión de Evan vaciló apenas. —¿Qué? —Tu madre —repitió Lira, con la voz temblorosa—. Está en el hospital. Su estado es crítico. Ha habido una complicación repentina. Acabo de recibir la llamada de la clínica… —¡Basta! —espetó Mira, interrumpiéndola. Se apartó de Evan y avanzó hacia Lira con pasos arrogantes. —Eres toda una dramática, ¿verdad? —cruzó los brazos—. Siempre buscando atención. Rechazada por el Alfa y ahora inventas historias sobre su madre. —¡No estoy mintiendo! —Lira la miró con los ojos encendidos. —¿Ah, no? —Mira soltó una risa dulzona y venenosa—. No tienes lobo. No tienes poder. Vienes aquí suplicando que Evan te acepte de nuevo y, como no lo hace, recurres a un truco sucio usando la salud de su madre. El odio de Mira ardía como un fuego interminable. —Evan, sabes que no estoy mintiendo —suplicó Lira, ignorándola. Su rostro estaba pálido, con lágrimas acumulándose en sus ojos. —Sé que estás desesperada, Lira —dijo Evan con frialdad—. Vete. Vete. La palabra fue una sentencia de muerte. —Mi compañera se encargará de mi madre —añadió Evan, señalando a Mira—. Mi Luna. Ella cuidará de mi manada. No tú, sin lobo. Lira se tambaleó. Traición. Rechazo. Humillación. Mira tomó la mano de Evan, como si lo protegiera de una plaga. —Vamos, cariño. Dejemos atrás a esta perdedora. Lira dio un paso atrás. No podía respirar. Sus nervios le gritaban que huyera. Lágrimas calientes corrían por su rostro, pero ningún sollozo escapó. Solo el silencio de un corazón roto. Se giró y echó a correr. No miró atrás. La puerta se cerró de golpe tras ella, y el sonido de lo definitivo resonó en su alma. Corrió sin rumbo, con la mente en blanco salvo por el eco de dos palabras crueles: sin lobo y perdedora. Se dejó caer en un banco del parque, oculto bajo un viejo árbol de banyán. Respiraba con dificultad, en jadeos irregulares. El dolor en el pecho se sentía más real que cualquier otra cosa. Lira metió la mano en su bolso buscando las llaves, pero sus dedos rozaron algo más. Un papel. El papel que había olvidado. La razón por la que había corrido a la casa del Alfa antes de presenciar aquella escena infernal. Era un sobre de la clínica que había visitado esa misma mañana. Un sobre sellado con los resultados de sus análisis. Sus dedos temblorosos rasgaron el borde. Las lágrimas emborronaron la tinta mientras desplegaba la hoja. Sus ojos recorrieron las frías palabras clínicas. Al final del todo, una frase en negrita destacaba con claridad. Inconfundible. Devastadora. Resultado de la prueba de embarazo: POSITIVO.






