Mundo de ficçãoIniciar sessãoLira logró llegar a casa. Su ropa estaba empapada y el frío le mordía hasta los huesos.
La llave oxidada giró en la cerradura. El olor a antiséptico y madera podrida la recibió. Fue directamente a la habitación de su madre. El cuerpo frágil de su madre yacía sobre la cama, pálido como la nieve. La máquina de respiración siseaba suavemente. —Mamá —susurró Lira, acercándose. Los ojos envejecidos se abrieron, brillando débilmente con la poca fuerza que quedaba. —Lira —respondió su madre con voz áspera, débil pero cálida. Lira se sentó al borde de la cama. Las lágrimas que había contenido frente a Evan ahora fluían sin control. —Perdón, mamá. Llegué tarde —sollozó. Su madre esbozó una leve sonrisa. Su mano delgada se alzó para tocar el rostro de Lira. —Rápido —dijo—. Estás mojada. Cámbiate de ropa. Lira obedeció con la mente en blanco, concentrándose solo en esa tarea sencilla. Después de cambiarse, regresó. Tenía que ser sincera. —Evan… me rechazó, mamá —dijo, tragando el nudo en su garganta. El rostro de su madre se endureció ligeramente. —Ese Alfa insensato. —Eligió a Mira. Me desterraron del territorio —continuó Lira, con la voz quebrada. Su madre apretó la manta con fuerza. —Escúchame, Lira. Escucha con atención. —Nunca vuelvas con él. Nunca supliques. —Su mirada era firme, absoluta. —No puedo, mamá. Las cuentas del hospital… las medicinas… —Lira señaló la pila de papeles sobre la mesa. La montaña de facturas estaba llena de advertencias. Pagos vencidos ese mismo día. Los medicamentos de su madre eran costosos. Sus vidas dependían de esas pastillas. —No los necesito —dijo su madre, cerrando los ojos—. Necesito que estés a salvo. —Pero necesito dinero, mamá —respondió Lira, ahogada en la desesperación—. Buscaré trabajo esta noche. Los ojos de su madre se abrieron de nuevo, llenos de preocupación profunda. —No lo hagas. Estás débil. No estoy débil. Ahora tengo una razón. Lira se llevó la mano al vientre. La semilla. La semilla de Evan. La semilla del Alfa. Una ironía cruel. Una vergüenza que debía proteger. —Tengo que hacerlo, mamá. Si no, mañana no tendrás medicina —dijo Lira con una determinación dura como el acero. Besó la frente de su madre. —Te quiero. —Cuídate —suplicó su madre. Era una orden. Lira salió de la habitación. Miró la pila de facturas. Los números parecían burlarse de ella. Tomó su chaqueta delgada. Ya era tarde en la noche. No había trabajos respetables disponibles. Solo el tipo de trabajo que alguien como ella podía hacer. Trabajo sucio. Lira caminó hacia la cocina. Su estómago se revolvía: las náuseas del embarazo. Se apoyó en el mostrador. El olor de la comida sobrante era repugnante. Tenía que comer por el bebé. Pero no podía. No tengo tiempo para ser débil. A los que no tenían lobo no se les permitía enfermarse. Lira se obligó a beber un vaso de agua. Se sentía como arena en la garganta. Sentía el peso sobre su cuerpo: un cuerpo sin lobo, sin fuerza regenerativa. Llevar la semilla de un Alfa era un castigo. Su organismo trabajaba al límite, luchando contra su propia genética. Su embarazo era una batalla interna. Aguanta. Sobrevive. Lira salió de la casa, avanzando con rapidez por callejones estrechos. Se dirigía al rincón más bullicioso de la ciudad, un lugar que había evitado durante cuatro años. No podía retrasarlo más. Tenía que trabajar. Esa noche. De pronto, las náuseas se intensificaron. La abrumaron. Lira se detuvo y se inclinó al borde del camino. Vomitó toda el agua que había bebido. Pero no era solo agua. Había un sabor salado, amargo, metálico. Bajo la tenue luz del farol, el charco sobre el asfalto era claro. Lira lo vio. Lágrimas mezcladas con la lluvia. Pero el líquido que salía de su boca era rojo. Vómito rojo. Sangre. Su fuerza se drenó al instante. Las piernas no la sostuvieron. Apoyó la cabeza contra el muro frío de piedra, jadeando por aire. El mundo giraba. La semilla. Su cuerpo la estaba rechazando. Ese embarazo la estaba matando. Alzó la mano temblorosa y tocó sus labios resecos. Sangre. Si seguía forzándose, no sobreviviría. Pero si se detenía, su madre moriría. Lira estaba atrapada en una elección mortal. Cerró los ojos, dejando que la lluvia lavara los restos de sangre. No había elección. Tenía que vivir. Tenía que trabajar. Se obligó a ponerse de pie, ignorando el dolor que le desgarraba el vientre. Una noche más, se prometió. Una noche para sobrevivir. Lira caminó, arrastrándose hacia el distrito oscuro de la ciudad. Cada paso era un sacrificio. No sabía que, a lo lejos, tres sombras Alfa se acercaban, atraídas por un aroma tenue que perturbaba sus instintos. Y no sabía que uno de ellos, Jace, estaba cada vez más cerca. Sintió un dolor sordo en el vientre, un dolor inusual. Lira volvió a desplomarse, pero esta vez no se desmayó. Solo cayó de rodillas, conteniendo un gemido. Alzó la vista hacia el cielo negro. Desesperación. Entonces, su boca se abrió de nuevo en una tos seca. Lira sintió cómo la sangre fresca brotaba con fuerza de su boca, más que antes. Cayó por completo. Su cuerpo ya no podía soportar la carga. Arañó el suelo mientras su cabeza daba vueltas. Estaba sola. Y la semilla del Alfa la estaba matando lentamente desde dentro.






