Mundo ficciónIniciar sesiónLira abrió los ojos. El olor penetrante del antiséptico llenó su nariz. Blanco. Frío.
Yacía en una cama de hospital, con una aguja intravenosa clavada en el brazo. Le dolía el vientre. —Tienes suerte —dijo una doctora, con voz cansada. Era Alfa, y su mirada estaba cargada de una lástima condescendiente. Lira no respondió. La suerte era una ilusión. —Estabas sangrando. Tu cuerpo está extremadamente débil —explicó la doctora. La mano de Lira fue instintivamente hacia su vientre. —¿Mi bebé? —El feto está bien —respondió la doctora con tono serio—. Por ahora. Lira exhaló aliviada, aunque la cabeza le daba vueltas. —Eres sin lobo, señorita —continuó la doctora. Otra vez esa palabra. Una herida antigua. Una etiqueta cruel. —Y el feto que llevas es Alfa. Muy fuerte, crece con rapidez. Lira asintió. Ya lo sabía. Era una bomba de tiempo. —Tu cuerpo… tu útero no tiene la fuerza de una loba para sostener el crecimiento de un lobo tan poderoso. —Es como plantar un árbol fuerte en tierra estéril —añadió. La metáfora golpeó como una bofetada. Lira sintió que el corazón se le hundía. Tierra estéril. —Es un milagro que hayas resistido tanto —dijo la doctora, negando con la cabeza—. Pero no durará. —Explique —exigió Lira, con la voz temblorosa. —Si continúas este embarazo —la doctora se inclinó, bajando la voz—, podrías no sobrevivir. No “el feto podría no sobrevivir”. Tú. El aire abandonó el pecho de Lira. Un miedo frío y reptante. —Tu cuerpo se agotará. Tus órganos fallarán. El sangrado volverá, y será peor cada vez —dijo la doctora con franqueza. —¿La solución? —preguntó Lira, con voz cortante. —Interrupción. Lo antes posible. Es la única forma de salvar tu vida. Lira cerró los ojos. Imágenes de Evan, la risa burlona de Mira y su madre moribunda cruzaron su mente. No le quedaba nada. Este hijo era el único vínculo que le quedaba. No tengo nada más que ofrecer que mi propia vida. —No —dijo Lira al abrir los ojos. Su decisión era fría, inquebrantable. —Señorita, esto no es una decisión emocional. Es médica. Vas a morir —insistió la doctora. —Entonces moriré por mi hijo —respondió Lira, con la desesperación convertida en desafío. La doctora guardó silencio. La miró, viendo la locura firme de su determinación. —Lo estás arriesgando todo —susurró. —Ya no me queda nada que arriesgar —contestó Lira. Todo ya le había sido arrebatado. --- Al otro lado de la ciudad, lejos de la clínica, Jace miraba fijamente la pantalla de un ordenador. Su rostro estaba tenso. Rhys estaba a su lado, mientras Kael caminaba de un lado a otro. —¿Estás seguro de que tenemos que encontrar a esa chica loca? —bufó Kael—. Casi se mata delante de nosotros. —Algo no encaja —dijo Jace, sin apartar la vista—. Sentí el tirón. Y nunca se equivoca. —Es sin lobo, Jace. Tus instintos Alfa deben estar dañados por tanto café —se burló Kael. Rhys los ignoró. —He revisado los registros policiales. No hay reportes de personas desaparecidas. —No es de ninguna manada cercana —dijo Jace—. Ni de la de Evan. No lleva aroma territorial. Buscaron en otras redes de manadas, enviando consultas discretas. --- Mientras tanto, en la Manada Blackmoon, Evan bebía vino junto a Mira. —¿Viste su cara, Evan? —rió Mira—. Esa perdedora patética, suplicando. —Intentó atraparme con un embarazo falso —dijo Evan con gesto de disgusto. —Todos en la manada ya lo saben —dijo Mira, apoyando la cabeza en su hombro—. Esa chica sin lobo sedujo a un Alfa y fue desterrada por su escándalo. Los rumores se propagaron con rapidez. Veneno social. Lira había sido destruida: no solo su vínculo, sino su reputación. Mira sonrió satisfecha. Lira estaba prácticamente muerta. Evan dio otro sorbo de vino. Había una amargura que no lograba sacudirse, pero la ignoró. La decisión ya estaba tomada. --- De vuelta en la oficina de Jace. 3 a.m. Rhys le pasó una taza de té. —Paremos. Estamos perdiendo el tiempo. —No —dijo Jace—. Mira esto. Giró la pantalla. Había escarbado más profundo, en datos ocultos. Archivos antiguos. Registros de una manada disuelta. —Busqué su apellido: Trellya —explicó—. Es raro. —¿Trellya? —Kael se acercó—. Suena antiguo. Jace asintió. Había encontrado una conexión. No con una manada, sino con un individuo. —Hace veinte años —señaló un archivo viejo—, el Alfa de la Manada Silverwood desapareció. —Silverwood se disolvió hace mucho. Fueron atacados por Renegados. Su Alfa, Eamon Trellya, desapareció sin dejar rastro —dijo Rhys. Jace deslizó otra imagen en la pantalla. Una foto del Alfa Eamon. El rostro era familiar. Los mismos ojos. La misma mandíbula. —Se sospechó que fingió su muerte —dijo Jace—. Nunca encontraron el cuerpo. Abrió otro archivo: registros médicos que había conseguido de la clínica. Datos antiguos sobre Lira. —Esta es su madre. Helena Trellya —dijo Jace—. La viuda del Alfa Eamon. Kael frunció el ceño. —¿Y qué? Tiene un pasado ligado a un Alfa desaparecido. ¿Y? Jace respiró hondo. Su Lobo gruñía en su interior; el tirón se hacía más fuerte. Miró de nuevo el informe del ataque Renegado que destruyó Silverwood. Ese ataque ocurrió exactamente en el lugar donde la joven Lira sufrió el traumatismo en la cabeza. El trauma que le arrebató su Lobo. Jace volvió a la ficha de Eamon. El nombre de su compañera. —Eamon Trellya desapareció dejando atrás a su esposa y a una hija —susurró. Rhys se inclinó, leyendo. —Una hija desaparecida. Tenía cinco años en ese momento —leyó en voz alta—. El nombre de la hija… Rhys levantó la vista, encontrándose con la mirada de Jace. Impactado. Kael miró entre ambos. —¿Qué? ¿Quién? Jace señaló la pantalla. Junto al nombre “Eamon Trellya”, aparecía el nombre de la hija. —Lira —dijo Jace con voz plana. —No es una sin lobo cualquiera —susurró Rhys—. Es hija de un Alfa. —La hija de un Alfa que debería haber tenido el Lobo más fuerte —añadió Jace. Se inclinó hacia la pantalla, buscando detalles sobre el Lobo desaparecido de Lira. Encontró un informe oculto. Una nota extraña del sanador de la manada: “Lobo ausente, no muerto. Extraído por la fuerza.” —Esto no fue trauma —dijo Jace, con los ojos muy abiertos—. Su Lobo no desapareció. Se lo robaron. Un secreto aterrador del pasado, enterrado durante veinte años. Unido a su madre moribunda. Unido a su padre desaparecido. Jace se aferró al escritorio. ¿Quién había robado el Lobo de la hija de un Alfa? —Lira —murmuró, comprendiendo que aquella mujer era mucho más peligrosa —y crucial— de lo que jamás imaginó. Y ahora llevaba en su vientre la semilla de otro Alfa, una que la estaba matando lentamente.






