. CAPÍTULO 21: EL LÍMITE DE LA BESTIA (POV ALEXANDER)
El humo de mi cigarro se enroscaba en el aire del despacho como un fantasma burlón. Eran las tres de la mañana. Desde que Isabella salió de aquí, dejando el rastro de su perfume y el eco de su desafío en el aire, no había podido cerrar los ojos. El encuentro contra la pared no había sido una liberación; había sido una condena. Me sentía sucio, no por el acto en sí, sino por la debilidad de haber necesitado reclamarla físicamente cuando mi me