Mundo ficciónIniciar sesiónEsto se salió completamente de control. Los hombres de mi padre, junto a él, apuntaban sus armas contra Antón. Al mismo tiempo, los hombres de Antón hacían exactamente lo mismo. Bastaba con que alguien apretara un gatillo para convertir aquel lugar en un baño de sangre.
—¡Deja a mi hija! —rugió mi padre, con la mandíbula tensa. Antón ni siquiera pestañeó.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
—¡La acabas de exponer! La protegí durante toda su vida para que nadie supiera quién era, y tú vienes a hacer esto. ¡Ese no era el trato!
Un silencio pesado cayó sobre todos los presentes. Las miradas de sorpresa y desconcierto se clavaron en nosotros.
Mi padre respiraba con dificultad.
—Acabas de firmar su sentencia de muerte, hijo de puta.
Su voz se quebró por primera vez. Nunca lo había visto así. El hombre que siempre parecía invencible estaba asustado... por mí.
—Papá, tranquilo. Yo voy a estar bien. Yo...
Intenté acercarme para abrazarlo, para decirle que todo saldría bien, pero Antón me sujetó con firmeza del brazo y me obligó a detenerme.
—Déjame acercarme a él. Me necesita.
—Quédate quieta, Anastasia. - Mi padre negó con la cabeza, completamente desesperado.
—¿Ves a toda esta gente? —dijo señalando a nuestro alrededor—. Todos ellos irán tras ella ahora. Pero claro... ¿qué puede importarte a ti, maldito?
—Vámonos.
—¡No! ¡No voy a dejar a mi padre!
Como si mis palabras no significaran nada, Antón me cargó sobre su hombro y comenzó a alejarse.
Pataleé, golpeé su espalda e intenté liberarme, pero era inútil.
Las últimas palabras de mi padre retumbaron detrás de nosotros.
—¡Si le pasa algo a mi hija, te juro que no descansaré hasta matarte!
Aquella promesa quedó suspendida en el aire mientras Antón me arrojaba al interior del vehículo de un movimiento brusco.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas, ver a mi padre de esa forma tan destrozado hacía que mi corazón se arrugara, perdimos a mi madre y ahora me puede perder a mi y todo por culpa de este infeliz que tengo al lado.
—¡Deja de llorar! —gruñó. Su grito solo consiguió que rompiera a llorar con más fuerza. —¡Joder, ya basta!
El miedo me cerró la garganta. Me obligué a contener el llanto mientras las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas.
—Cuando lleguemos, subirás directamente a tu habitación. Sin rechistar. ¿Me escuchaste? - No respondí. Me limité a mirar por la ventana. —¡DIJE QUE SI ME ESCUCHASTE!
Toda la angustia explotó dentro de mí y sin controlarme le grito con fuerza.
—¡Sí te escuché, idiota! ¡Deja de gritar!
Antón giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos estaban completamente fríos.
Sin decir una sola palabra, me sujetó del brazo con tanta fuerza que sentí que me rompería los huesos.
—¡Suéltame, animal! - No respondió.
En ese momento llegamos a la casa, me arrastro escaleras abajo hasta el maldito sótano húmedo, oscuro y helado. Sin dudarlo me tiro en ese lugar viéndome con su mirada gélida
—Ahí te quedas. - El pánico me invadió, no quería estar en ese lugar odio los lugares tan cerrados. Me acerque a el desesperada tomándolo del brazo buscando compasión
—no me dejes aquí. Te lo suplico. – me equivoque no encontré absolutamente nada,
—Si piensas que voy a cambiar de opinión porque me miras con esa cara de ternero degollado, estás perdiendo el tiempo. -Sentí un nudo en la garganta, lo solté dando dos pasos hacia atrás, giro mi cabeza y susurro una palabra
—No tienes corazón. – pasan unos segundos de completo silencio hasta que este responde de manera fría y cortante.
—Así es. No lo tengo.
Se dio la vuelta y cerró la puerta dejándome sola en ese lugar oscuro.
Me dejé caer en una esquina, abrazando mis rodillas mientras las lágrimas volvían a salir sin control.
Nunca me había sentido tan indefensa.
Lloré hasta que el cansancio terminó venciendo al miedo y me quedé profundamente dormida sobre el frío y sucio piso de concreto.
ANTON IVANOV
No puedo creerlo. Esa niña me está trayendo más problemas de los que imaginé.
En parte, Petrov tiene razón. Ahora todos mis enemigos irán detrás de ella para llegar hasta mí. Aunque eso no debería importarme... ella no significa nada o al menos eso intento convencerme.
—Sandro, ¿qué noticias tienes?
—Nada bueno. El maldito de Petrov está dispuesto a todo con tal de recuperar a su hija. Está buscando el apoyo de la mafia italiana. Sabes que llevan años queriendo arrebatarte el poder.
Apreté los dientes.
Maldito Petrov...
Esto me lo vas a pagar.
-trae a la chica – Sandro me mira de forma extraña
-¿Qué vas a hacer?
-vamos a darle un pequeño presente a Petrov para que se le quite el deseo de querer unir bandos.
Al rato aparece Sandro con Anastasia la cual me mira con odio puro. Dos de mis hombres entran al despacho y los ojos de Sandro y Anastasia quedan puestos en ellos
-denle una golpiza, pero no la maten – Anastasia junto con Sandro abren sus ojos sorprendidos – y graben todo.
De inmediato Anastasia se acerca a mi
-Antón, no lo hagas – dice ella suplicando – no me hagas eso te lo suplico.
-es eso mi quería Anastasia o grabarnos teniendo sexo – la cara de Anastasia de descompone, se pone completamente tensa, pero luego esta me dedica una sonrisa que lo que hace es enojarme
-prefiero que me maten a golpes antes que acostarme con un cerdo como tú – esas palabras las sentí como una patada al estomago y ello noto ya que sonríe triunfante.
-tu lo pediste – le hago una seña a mis hombres para que se le lleven, pero una opresión en el pecho se hace presente cuando comienzo a escuchar los gritos de Anastasia.
Sandro también se queda escuchando sus gritos y de a poco su cara va cambiando a una de preocupación.
-por dios Antón, para esto, ella no tiene la culpa solo es una cría.
-espero que con eso su padre aprenda a no desafiarme.
Pasaron unos veinte minutos.
El silencio que se apoderó del lugar era inquietante. Ya no se escuchaba absolutamente nada.
No entendía por qué esa sensación de desasosiego no desaparecía. Una parte de mí quería abrir aquella puerta y detenerlo todo, pero no podía permitirme mostrar debilidad. Un líder no dudaba. Un líder no retrocedía.
Finalmente, la puerta se abrió.
Mis hombres salieron uno tras otro. Llevaban la ropa salpicada de sangre y se limpiaban las manos con una toalla, como si acabaran de terminar un trabajo cualquiera.
Por alguna razón, aquella imagen me revolvió el estómago.
—Se cumplió la orden, señor. Sigue viva. - Asentí sin decir una palabra.
Ellos se marcharon y vi cómo Sandro entraba de inmediato a la habitación. Se arrodilló junto al cuerpo inmóvil de Anastasia, pero yo no alcanzaba a verla desde donde me encontraba
—Joder, Antón... eres un animal. Por poco la matan. Está muy mal.
Camine hasta ellos empujando a Sandro hacia un lado y entonces la vi.
Por un instante sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Su rostro estaba cubierto de sangre y moretones. Respiraba con dificultad y permanecía completamente inconsciente.
¿Por qué demonios me sentía culpable?
—Hay que llamar a un médico. - Sandro levantó con cuidado la tela de su blusa para revisar las heridas.
Su abdomen comenzaba a cubrirse de hematomas violáceos.
—Eso no tiene buena pinta.
—Llama al médico. Que venga ahora mismo. - La tomé en brazos con toda la delicadeza que fui capaz de reunir. Fue entonces cuando noté la sangre en su cabello. —Vamos, mocosa... despierta.
No respondió.
Subí con ella hasta mi habitación y, cuando el médico llegó, su expresión cambió por completo al verla.
Después de examinarla durante varios minutos, se levantó.
—Tiene varias contusiones importantes y es posible que haya sufrido la fractura de algunas costillas. Necesita reposo absoluto. Le dejaré analgésicos para controlar el dolor y un tratamiento para las lesiones.
—Gracias, doctor.
Cuando se marchó, encontré a Sandro observándome con evidente desaprobación.
—Deja de mirarme de esa forma.
—¿Y cómo esperas que te mire después de lo que le hiciste? - Guardé silencio durante unos segundos.
—Tenía que enviarle un mensaje a su padre.
Sandro golpeó la pared con rabia, pero no discutió más. Antes de salir, dirigió una última mirada preocupada hacia Anastasia.
Cuando por fin nos quedamos solos, me acerqué lentamente a la cama.
Observé su rostro lleno de golpes.
Con una cautela que ni yo mismo comprendía, aparté un mechón de cabello de su frente.
—No sé qué demonios me pasa... - Suspiré. —Creo que es la primera vez que siento que hice algo realmente imperdonable.
Bajé la mirada.
—Recupérate pronto... por favor.
Desperté al escuchar un leve quejido, abri mis ojos de inmediato dándome cuenta que el quejido provenía de Anastasia quien ya estaba despierta.
—Ana...
Ella me observó completamente confundida.
—¿Quién eres? - Me quedé inmóvil.
—¿Qué...? ¿No sabes quién soy? - Frunció el ceño mientras intentaba incorporarse.
—¿Qué me pasó? ¿Por qué me duele todo?
M****a... ¿Qué se supone que debía decirle?
—Tuviste un accidente. - Ella volvió a mirarme.
—¿Quién eres? -Por un instante pensé que estaba a punto de cometer la mayor locura de mi vida, y a la final lo hice.
—Soy... tu prometido. - Sus ojos se abrieron de par en par.
—Yo... no me acuerdo de ti. De hecho... no recuerdo muchas cosas.
—Es normal. El golpe fue muy fuerte.
—¿Crees que mi memoria volverá? - Ojalá que no. Si recuerda lo que sucedió volverá a mirarme con esa mirada de odio que me lanzo antes de mandar a mis hombres a darle una golpiza
—No lo sé. Pero ahora lo importante es que descanses. - Intentó incorporarse, pero no lo lograba, así que me acerque para ayudarla
—Espera. No hagas movimientos bruscos. -Ella levantó lentamente la vista.
—¿Puedes abrazarme?
La petición me dejó completamente desconcertado.
Solo una persona había logrado atravesar todas las barreras que había levantado a mi alrededor. Y, aun así, allí estaba, mirando a Anastasia mientras esperaba mi respuesta.
Con un profundo suspiro, dejé caer por un instante los muros que siempre me protegían y la abracé con cuidado, procurando no lastimarla.
Ella apoyó lentamente la cabeza sobre mi pecho y, al sentir el suave aroma de su cabello, algo dentro de mí se removió. Contra toda lógica, y por primera vez en mucho tiempo, sentí una extraña paz.
Maldición...
Eso no podía estar pasando.
No podía permitirme sentir absolutamente nada por ella.
—Será mejor que descanses. – Ella me miro confundida pero luego asintió despacio.
—¿Prometes volver después? - La miré durante unos segundos.
—Lo prometo.
Su sonrisa fue pequeña, apenas un gesto.
Salí de la habitación y, en cuanto cerré la puerta, apoyé la espalda contra la pared respirando hondo
—¿Qué demonios te pasa, Antón? - Cerré los ojos con frustración. —¿Qué tienes, Anastasia Petrov... que haces que hasta los monstruos empiecen a cambiar?







