Despierto al sentir unas suaves caricias recorriendo mi espalda, seguidas de delicados besos.
—Vamos, preciosa, levántate.
Al escuchar la voz de Antón, doy un respingo y me incorporo de golpe en la cama.
—¿Qué haces aquí?
Él no responde. Se limita a observarme con una intensidad que me pone nerviosa. Bajo la mirada para descubrir qué es lo que tanto le llama la atención y, cuando caigo en cuenta de que estoy completamente desnuda, siento cómo mi rostro arde de vergüenza.
—¡Joder, no me mires!
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