Al día siguiente.
Cuando Alina despertó, ya eran más de las diez. Llamó a Tina.
—¿Por qué no me despertaste?
—Usted se lastimó ayer, señorita. Don Abel ordenó esta mañana que la dejáramos dormir.
Tina le llevó agua.
—Señorita, la señora Mariza llegó.
—¿A qué viene? ¿A llevarme de regreso?
—Sí, y trajo a la señorita Lia. Está arrodillada en la entrada de la casa pidiéndole perdón a don Abel.
—Estas dos no pueden vivir sin hacer teatro.
Se rio con sarcasmo.
—Señorita, piense en algo rápido. ¿Y si