Uriel entró a la casa.
Un empleado se asomó a la sala.
—Don Abel, llegó el joven Uriel.
—Seguramente viene a hablar por la señorita Lia, don Abel —dijo Martín.
Abel dudó. No quería contrariar a su nieto, pero Alina estaba sentada en el sofá de al lado, dejando que Tina le cambiara la venda sin decir nada.
Abel la miró de reojo. Alina bajó la mirada y le dijo a Tina en voz baja:
—No es nada, no me duele.
—Ya está sangrando, claro que duele. La señorita Lia se pasó, son hermanas, ¿cómo puede hace