—¿Oliver?
Con una mano libre tanteó la pared hasta encontrar el interruptor.
—Clic.
El cuartito de almacén se iluminó. Traía un traje gris claro, sin corbata y una camisa de seda blanca con dos botones desabrochados que dejaban ver la línea firme de su cuello.
La tenía acorralada: una pierna interpuesta entre las suyas, una mano sujetándole la muñeca contra la pared por encima de la cabeza, la otra levantándole el mentón con suavidad mientras la estudiaba con una mirada intensa y calculadora.
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