Oliver la apartó de un empujón, agarró el cuchillo de frutas y regresó a su cuarto sin mirar atrás. La puerta retumbó al cerrarse.
Alina, que no podía sostenerse sola, cayó sentada al suelo. No entendía nada: ¿por qué Edgar tampoco la quería?
Ahí se quedó, en el piso, derramando lágrimas sin poder hacer nada.
Oliver entró a su habitación, aventó el cuchillo a un lado y se dejó caer en la cama.
Recordando las cosas sin sentido que acababa de decirle Alina, empezó a dudar: ¿de verdad era la misma