El doctor Duarte, al notar que al otro lado del teléfono, Olliver no decía una sola sílaba, aprovechó el perturbador silencio para echarle muchísima más leña al fuego.
—Con toda razón la pobre de Alina ya no quiere saber absolutamente nada de ti. Apenas se despierta sintiéndose fatal, hace un esfuerzo enorme para marcarte y escuchar tu voz, ¡y tú vas y le cuelgas como si fuera una molestia!
Remató con un tono casi cantadito para provocarlo al máximo.
—Qué barbaridad contigo. Yo creo que Uriel t