La madrugada tenía ese silencio particular que precede a las tormentas, aunque el cielo estuviera despejado. A las 4:50 AM, la camioneta negra ya estaba en movimiento, atravesando las calles vacías de Nueva York. Isabella observaba por la ventana, sus dedos entrelazados con los de Nick. En el asiento trasero, Alessa dormitaba contra el hombro de Charly, mientras Daniel revisaba por enésima vez los planos en su tablet.
— ¿Qué esperas de hoy? —preguntó Isabella en voz baja, solo para Nick.
—Que rompan límites —respondió él, con su mirada fija en la carretera—. Los suyos, y los que yo mismo he puesto alrededor de ustedes.
El centro de entrenamiento en Maryland emergió entre la niebla matutina como un fantasma de concreto y acero. Las instalaciones, abandonadas oficialmente pero mantenidas en standby por acuerdos discreto, se extendían sobre diez acres de bosque. Carter detuvo la camioneta frente a la verja principal, donde un guardia con uniforme desgastado los esperaba.
—Bill —saludó C