Las siguientes horas no las pude dormir. Me mantuve con la vista fija en el techo; a pesar de sentir los párpados pesados, no había forma de seguir durmiendo. Estaba nerviosa, muy nerviosa. No quería que Cade se enojara mucho más —después de todo, estaba abriéndome las puertas de su casa—, pero por otro lado no podía soportar la idea de fingir que no había un hogar al que volver. No podía fingir que mi madre no estaba esperándome en el psiquiátrico.
A las cinco en punto corrí al baño a vomitar.