El avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Viena bajo un cielo pálido y un viento helado que parecía llevar siglos recorriendo los montes de Europa. Aelin observó por la ventanilla el paisaje grisáceo, los tejados cubiertos de escarcha y el brillo metálico del Danubio serpenteando entre los edificios antiguos.
Por un momento, se sintió pequeña frente a tanta historia, pero enseguida enderezó la espalda. No había viajado para admirar el pasado, sino para reclamar el suyo.
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