Mundo ficciónIniciar sesiónJasemin.
Los días no pasaron, se arrastraron literalmente.
Como una serpiente herida que aún busca morder, cada amanecer era una tortura lenta, y cada noche un castigo sin nombre.
Amal no me habló, ni una mirada. Era como si yo ya no existiera para ella, como si mi presencia contaminara el aire que respiraba. Cuando entraba en una habitación, ella salía. Cuando hablaban de mí, fingía no oír. Y yo… no sabía si prefería eso o sus reproches.
Mis padres mantenían una tensión muda. Se hablaban con frases cortas, evitando pronunciar mi nombre en voz alta, como si eso bastara para deshacer el desastre. Como si ignorarme pudiera borrar el escándalo que provocamos.
Yo, por mi parte, no volví a mirar el espejo.
No soportaba ver a esa versión de mí misma con ojos asustados, labios temblorosos y ojeras marcadas. La chica que se había creído capaz de enfrentar a un rey cruel y desafiar a su propio destino… ahora no era más que una niña temblorosa que contaba las horas para asistir al palacio de nuevo, sin saber si lo que le esperaba era una alianza o una sentencia.
Cuando llegó el día señalado, la casa entera fue invadida por doncellas, y vestidores. Mi madre supervisó cada detalle con los nervios tensos bajo la piel y las sirvientas intentaban maquillarme mientras mis dedos temblaban tanto que no podían sostener el frasco de perfume.
Amal no apareció.
Mi vestido era de un tono marfil con detalles dorados que bordeaban el escote, la cintura y las mangas. Liviano como un suspiro, pero sentía que pesaba toneladas sobre mis hombros. Me miré una vez en el reflejo, solo para evitar que alguien más lo hiciera por mí.
«Aguanta… Sonríe y no cedas.»
Nos llamaron al carruaje. El sonido de los caballos listos y las ruedas sobre el empedrado me apretaron el pecho, el sol estaba alto, pero mi cuerpo tenía frío.
Me senté en el asiento trasero, junto a mi madre, mientras mi padre nos daba la espalda en silencio, nadie dijo nada durante el trayecto solo los cascos de los caballos, el crujir de la madera y mi corazón, golpeando como si quisiera escapar por mi garganta.
Cuando las puertas del palacio se alzaron ante nosotros, el aire cambió. Había algo solemne, algo afilado, un silencio contenido que pesaba más que la propia arquitectura. El suelo brillaba bajo nuestros pies, y las columnas doradas parecían observarnos desde su altura inalcanzable.
Nos guiaron por un pasillo largo, y cada paso que daba sentía que me alejaba de quien solía ser.
Entonces, nos anunciaron.
—La familia del señor Almer —proclamó un sirviente.
Elevé el rostro, conteniendo el temblor de mis labios. Mi padre avanzó primero, luego mi madre, y yo en último lugar, sintiendo las miradas y los susurros.
Y ahí estaban.
Malek, en pie, con su porte sereno, la corona ajustada sobre el cabello oscuro y ese rostro que parecía esculpido en piedra. Sus ojos me encontraron por un breve segundo, y en ellos no había rabia, ni reproche, ni dulzura. Solo un abismo profundo que no me atrevía a nombrar.
A su lado, Hadassa, la madre de los reyes lucía como una estatua viviente, con un vestido bordado en hilos de plata y una expresión indescifrable. Me observaba como quien evalúa una ofrenda, y tuve la necesidad de bajar la cabeza, pero no lo hice.
No podía hacerlo.
Y entonces... Entonces lo sentí. Antes de verlo, lo sentí.
Un olor intenso, varonil, entre madera y pecado, me envolvió como una ráfaga. Mis poros se erizaron y mi espina dorsal se contrajo como si algo me hubiera tocado desde dentro.
Ahí estaba… Aarón.
De pie, unos pasos detrás de Hadassa, mirando, no a mí, sino al vacío. Su mandíbula estaba tensa con los ojos encendidos como brasas que no arden pero queman. No había rabia abierta en su expresión, no, lo que había era algo más peligroso: contención.
Era como si antes de llegar hubiesen tenido una pelea brutal y se podía sentir en el ambiente, incluso lo comprobé cuando la mirada de mis padres vino a mí.
—Majestad… antes que todo, nosotros como familia, queremos ofrecer una disculpa…
Y antes de que mi padre siguiera, él se giró lentamente, no me miró, ni cruzó sus ojos con los míos y caminó hacia la salida, aunque Hadassa dio un paso hacia adelante, y Malek la frenó.
—No se preocupes —Malek lo dijo en tono seco, pero el portazo, seco y brutal, resonó por todo el salón como una sentencia. La madera retumbó en las paredes, en los huesos… y en mi pecho.
Mi piel seguía reaccionando a su ausencia como si una bestia invisible me hubiese marcado, y su retirada dejara un vacío que dolía.
Mis rodillas flaquearon apenas, lo suficiente para recordarme que el peligro no se había ido, solo se había desplazado. Y Malek me observaba aún, quieto, paciente, como si supiera lo que yo acababa de sentir.
Como si supiera que ese portazo no había cerrado una puerta… había abierto una guerra.
—Bienvenida, Jasemin —dijo su voz profunda, y todo dentro de mí se quebró un poco más.
El infierno tenía nombre… y se había ido justo por esa puerta…







