CAPÍTULO 37

Jasemin.

No dormí ni una sola hora.

Cada vez que cerraba los ojos volvía al harén. Volvía a aquellas malditas cortinas, al humo, a las copas derramadas y a la forma en que Aarón me había mirado antes de marcharse. Intenté rezar. Intenté pensar en Malek. Intenté convencerme de que todo aquello había sido un error provocado por el miedo y el agotamiento.

No funcionó.

Cuando el primer cuerno de guerra resonó sobre Babel, yo seguía sentada junto a la ventana. El sonido fue tan fuerte que hizo vibra
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