CAPÍTULO 5

Malek

—¿Estás completamente enfermo o solo eres estúpido? —La voz de Aarón golpeó la sala como un disparo.

Estaba de pie, con el rostro encendido, los ojos brillando como si contuviera el filo de un cuchillo detrás de la lengua y caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada.

Hadassa mi madre estaba sentada, tensa, y Rashad aún no había abierto la boca.

—La decisión está tomada —dije sin levantar el tono—. No pienso discutirlo.

—¡Claro que la tomaste! ¡La tomaste en cuanto esa mocosa te miró con esos ojos de reto, como si estuvieras compitiendo conmigo! ¡Lo hiciste por joderme! —gruñó él con los ojos encendidos—. ¿Tú crees que no lo veo? ¿Crees que no sentí cómo ella me miraba? Cómo me retaba. Esa niñata malcriada se atrevió a escupirme en la cara frente a todos, y tú… tú decides recompensarla.

—¿Recompensarla? —me burlé apenas alzando una ceja, con Aaron no funcionaban los modos blandos—. Qué curioso. Desde donde yo lo vi, fuiste tú quien arrastró su nombre al lodo, querías humillarla frente a todos solo porque te placía.

—¡Ay, por favor! —Aarón se rio sin humor y con mucho cinismo—. No seas tan ingenuo, hermano. Esa pendeja no vale nada, pero se cree valiente. Cree que puede pararse frente a mí y decir “no”. Cree que puede provocarme y después esconderse tras tu corona.

—Ella no se escondió, Aaron… tu quisiste rebajarla diciendo que sería parte de tu grupo de 30 mujeres, ¡y estamos en Radin! —repliqué.

—¡Ella me retó! —golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar la bandeja de plata—. Y tú le pusiste un anillo de promesa en la frente como si fuera una puta virgen de oro.

—¡Aarón! —intervino Hadassa con voz cortante—. No vas a hablar así en esta sala.

—¿Por qué no? —Se giró hacia ella con los ojos brillando como cuchillas—. ¿Por qué no decir lo que todos piensan? Esa campesina barata no merece estar ni en el aire que respiramos. Yo tengo ideas mucho mejores para ella, ideas que no incluyen ningún altar, te lo aseguro.

—¡Basta! —grité, esta vez sí, y el eco de mi voz hizo que hasta las paredes se estremecieran.

—¿Y por qué? —Aaron no paraba y el que le hubiese quitado el derecho de vengarse de esa chica, lo tenía sacado de forma—. ¿Ahora te enamoraste de su impertinencia? ¿Te calienta que se atreviera a desafiarme delante de todo el salón? ¿Eso es lo que te mueve ahora, Malek? ¿El espectáculo? ¿El placer de meterte en lo que no te pertenece?

—Esa mujer no te pertenece, Aarón… además es ciudadana de Radin, ¿por qué no buscas en Babel lo que estás acostumbrado a tener…? Este es mi reino.

Aarón me observó… y sonrió. Una sonrisa tan llena de veneno que por un instante quise atravesarle el cráneo con mi espada.

—¿Vas a casarte con ella? —dijo en tono de burla—. Claro que sí… Porque estás desesperado por ganarme una partida que nunca te di permiso de jugar.

—Esto no se trata de ti —contraataqué.

—¡Todo se trata de mí, Malek! —espetó, dándose un golpe en el pecho—. Desde que nacimos, desde que respiramos el mismo aire, te has alimentado de mi sombra. Y ahora, ¿crees que puedes arrancarme lo que me pertenece?

—Te lo repito, Aaron, ella no es tuya.

—Todavía —Su sonrisa se hizo más oscura—. Pero ya verás, hermano… El anillo no la hace tu esposa, por ahora solo el miedo. Solo escucha… ella me miró como si me conociera… Como si supiera con quién estaba jugando, y aun así se burló. Se me burló en mi cara.

—No le importas, todo está en tu imaginación —quería minimizar el impacto.

—¡Oh, pero va a importarle! —gruñó con una sonrisa cruel—. Te juro que va a importarle. Tengo castigos perfectos para mujeres como ella y para bocas como la suya.

Me giré en seco.

—No te atrevas.

Aarón se detuvo. Me sostuvo la mirada y sonrió como si acabara de descubrir algo sucio y divertido.

—¿Vas a tocarla, Aarón? —pregunté con voz baja y afilada—. Porque si lo haces, te juro que por una vez en la historia de esta familia… me olvidaré de que tienes mi sangre.

Su sonrisa se borró y su frente se puso a punto de tocar la mía.

—Tócame una vez más y serás tú quien acabe bajo tierra primero —susurré.

—¡Suficiente! —exclamó Hadassa, interponiéndose—. Rashad, di algo.

Rashad no se movió. Estaba sentado en su butaca con una copa de vino en la mano, mirando la escena como si presenciara una obra vulgar.

—No me meteré en temas de faldas —dijo al fin, bebiendo sin apuro—. Pero que quede claro: esa chica le faltó el respeto a nuestra familia. Y si creen que voy a alabarla como futura reina por un acto impulsivo y vulgar… están equivocados. Y si de mí dependiera, no pondría un pie más en este palacio.

—Pues qué suerte que no depende de ti —respondí sin rodeos hacia mi padre.

—Haz lo que quieras, entonces —murmuró Rashad, levantándose—. Pero no esperes que me emocione cuando ese matrimonio estalle en tu cara.

Y se fue sin más, entonces Hadassa me miró como si aún pudiera detenerme.

—Malek… por favor.

—Tiene razón —dijo Aarón, riendo—. Y yo tengo algunos castigos en mente que sabrán devolverle la humildad. Dulces, precisos… y permanentes.

—Te atreves a tocarla… y no vivirás para contarlo —interrumpí.

—¿La vas a proteger? ¿La vas a encerrar en tus brazos de mártir? No lo haces por ella, lo haces por mí… solo para retarme.

—Y aun así… lo haré.

—¡Te estás cavando tu propia tumba! —gritó Aarón.

—Ya es tarde —murmuré mientras me giraba—. La familia estará aquí en unos minutos.

Aarón soltó una risa amarga, y me lanzó la advertencia:

—Entonces empieza a rezar a tu dios, Malek. Porque cuando te la quite de las manos… voy a asegurarme de que escuches sus gritos.

—Demasiado tarde.

Aarón rio por lo bajo.

—Te lo juro… —susurró muy despacio, parecía un demonio—. Vas a arrepentirte. Cuando la tengas en tu cama y veas su mirada vacía, su silencio amargo, su desprecio disfrazado de obediencia… te vas a acordar de mí.

En ese preciso momento anunciaron la entrada de la familia, y todos nos giramos de golpe. Aaron no la miró si quiera, y se fue del lugar dando un portazo que sacudió a todos los que estaban presentes.

No me moví, ni pestañeé, solo exhalé lentamente mientras los sirvientes se ponían de lado de Almer y su familia.

Jasemin.

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