—No puedo creer que te vayas —declaró Armando, viendo cómo su nieto subía las maletas de esa joven a su auto—, me vas a hacer mucha falta, y los llantos de este niño ni te dijo.
Armando, cuando mencionó al niño, le tomó la manita y el pequeño se aferró a ella con fuerza, intentando llevar esa mano a su boca, provocando sonreír a los dos que le veían.
—Solo serán dos años —declaró la castaña, sintiendo llegar hasta ella al padre de su hijo, quien la abrazó por la espalda y se aferró a su cintura