—¡No me responde! —gritó Alejandro, de verdad desesperado, volviendo a intentar que su llamada al teléfono de su exesposa conectara, y nuevamente la llamada entró al buzón y el hombre, desesperado, golpeó la pared con el puño—. ¡Maldita sea!
Armando, que había estado esperando que algunas de las llamadas anteriores que hacía su nieto, conectara, exhaló lento el aire que había estado conteniendo en sus pulmones, sintiendo que se hundía en la desesperación.
Esa mañana, aun de madrugada, más bien,