El sol de la tarde bañaba aquella pequeña ciudad sumida en miseria, aunque contaba con un brillo dorado, que lo volvía un refugio tranquilo en un país donde el tiempo parecía haberse detenido. Bajo la sombra de un árbol antiguo de mango, un hombre permanecía sentado en su silla de ruedas, su figura inmóvil, como una escultura olvidada por el tiempo. Sus facciones eran perfectas, esculpidas por la vida misma sin importar la miseria que lo envuelve. Su mandíbula marcada, los pómulos altos y defin