El aire en la sala de terapia intensiva era pesado, impregnado de un silencio tenso interrumpido solo por los sollozos de Dalton. Con cada intento de levantarse, su cuerpo temblaba, como si cada nervio estuviera gritando en protestas.
Alice, sentada en una silla al lado de su cama, observaba cómo él luchaba con cada movimiento. Su corazón se rompía con cada grito desgarrador que escapaba de los labios de Dalton.
—¡Ah, Maldición! ¡No puedo! —Gritó el ojiverde, con su voz resonando en las paredes