El día del funeral llegó con un cielo gris que parecía reflejar el pesar de todos los presentes. La atmósfera era pesada, cargada de una tristeza que se podía palpar. Las flores, blancas y amarillas, adornaban el ataúd de Samuel y el de Gabriel, creando un contraste con el profundo luto que vestían los asistentes.
La capilla estaba llena, no solo de familiares, sino también de amigos y conocidos que habían querido rendir homenaje a dos jóvenes cuya vida había sido truncada tan prematuramente.