Capítulo 30. Papá Eliot.

La tarde caía tibia sobre las colinas. El verano llenaba el aire de un brillo dorado, y entre las sombras de los árboles, la residencia Kurosawa se alzaba silenciosa y elegante, con esa calma contenida que precede a una tormenta.

Eliot detuvo el coche frente al portón y permaneció un instante allí, observando la fachada desconocida. No sabía qué encontraría dentro; nunca había pisado ese lugar. Akira le había dado la dirección y una advertencia: “Cuida de mi muchacho… No lo lastimes más.”

La em
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