Capítulo 150. Lo que canta el ruiseñor.
La tarde había entrado despacio sobre la feria. Los toldos atrapaban la luz baja del invierno y entre los puestos quedaban grupos de personas con bolsas en los brazos y el paso sin apuro. Los tres se encontraron cerca de la entrada con los paquetes repartidos entre las manos.
Caminaron al auto, acomodaron todo en el maletero y subieron. Cuando el motor se puso en marcha, Seiya se acomodó en el copiloto.
—Muchachos, hay un lugar más que nos falta visitar —dijo—. Aún no tengo el regalo de Eli.
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