Los puñetazos sonaban secos, duros, llenando la sala. Cada golpe le caía encima como castigo.
Sus gritos se volvían cada vez más débiles, entrecortados, apenas podía respirar.
Tenía la cara cubierta de lágrimas, mocos y sangre.
—Lo... lo siento, Eduardo... —sollozaba—. No soy más que una bastarda sin padre ni madre... yo solo quería una familia... por eso mentí...
Se aferró al pantalón de Eduardo y se dio contra el suelo con la frente; le quedó la marca de inmediato.
—Perdóname, por favor... te