Bajo el cielo estrellado, Alberto estaba encogido, en silencio, sentado en un banco de piedra.
Apoyó el antebrazo sobre las rodillas de Elsa, pero no podía apartar la mirada de su cara.
La luna le caía suave sobre la piel. Parecía brillar por cuenta propia, incluso en la oscuridad.
Solo cuando la pomada tocó la quemadura soltó un quejido agudo. Ahí volvió en sí.
—Está bastante fea. Si no la cuidas, te va a quedar marca. Tú también estudias medicina, ¿cómo se te ocurre no tener cuidado?
—No es pa