La luz del atardecer pintaba el suelo de rojo cuando Nelson volvió a la casa de los Lima.
El papel, con ese olor fuerte a desinfectante, le pegó de lleno a Ivana en la cara.
Le dejó una marca roja en la mejilla.
Ella, hecha un ovillo en el sofá de cuero, temblaba como un animal asustado.
—Los niveles de serotonina están bien. Los receptores de dopamina también. Todo normal —dijo Nelson, con voz grave, dura—. Ivana, no tienes depresión. ¿Por qué mentiste?
El silencio se volvió pesado.
Gustavo, al