Al abrir los ojos me doy cuenta de que ya no estamos en los calabozos. Me yergo rápidamente y examino el lugar en el que estoy. ¿Cómo llegué aquí? Lo último que recuerdo es…
―¿Por qué no dijiste nada sobre tu embarazo?
Pego un respingo y dejo escapar un jadeo al ser sorprendida por aquella voz. Ese tono grave y poderoso es inconfundible. Giro la cara y dirijo la mirada hacia el sitio en el que se encuentra, pero la poca iluminación que hay en la habitación, apenas me permite ver su silueta.