El reloj en la editorial había pasado de ser un simple accesorio en la pared a un verdugo implacable. Cada minuto que Mónic seguía sin aparecer era una daga en el pecho de Logan.
Pero lejos de ese edificio, en un rincón oculto de la ciudad, la protagonista de aquel caos abría lentamente los ojos, con la boca seca y la cabeza punzante.
La luz fluorescente del techo parpadeaba como si quisiera burlarse de ella.
Estaba sentada en una silla metálica, las muñecas atadas con correas plásticas que se