—¡¿Se puede saber qué cojones fue eso?! —La voz de Mónic salía con un poco más de desniveles de lo normal, en tono acusador para rematar. Normalmente no decía groserías, pero de verdad estaba furiosa.
—¿De qué hablas? —Se hacía el inocente.
—Sabes perfectamente de qué estoy hablando. Así que, ¿lo escucho de tus labios o te lo digo yo? Escoge —le dio el ultimátum. Hacía mucho que no sacaba sus dotes leonezcos, y la ocasión lo ameritaba.
—Está bien, lo acepto. ¡Sí! —También levantó la voz, a lo q