—Entonces, anda, pasa. ¡Corre! —lo animaba a entrar, moviendo su mano enérgicamente para indicárselo. A él le parecía tan linda cuando le daba órdenes.
—Ya, ya, qué histérica estás hoy —le sonreía, y a Mónic extrañamente, eso la derretía.
—¡¿Ahora me llamas histérica?! —hizo un ademán de indignación fingida.
—¡¿Yo?! Nunca, jefa —terminó por entrar entre ese extraño diálogo y se sentó frente a la chica.
—Bueno, ¿entonces? ¡Habla ya! —decía impaciente, pero la felicidad no se le quitaba.
—Está bi