- Señor, su hija ha llegado. -dijo el mayordomo de la casa.
Luis Cedeño levantó la vista e inmediatamente vio a la mujer ahí parada. No iba vestida para la ocasión, pero, aun así, irradiaba una belleza que solo ella podía mostrar.
Por un momento, Luis Cedeño, desde lejos, vio a su difunta esposa, Catalina Covalín, pero no dejó que los recuerdos del pasado se colaran por su mente y la culpa llegara a hacer estragos en su vida.
El hombre siempre se había considerado alguien práctico, así que no t