La radiante mañana devolvió a la ciudad su apariencia renovada y lustrosa. El humo ya no se olía en el aire ni opacaba el cielo, donde el sol anunciaba desde ya que desplegaría todo su fulgor. El aliento de las flores había vuelto a ser la esencia que predominaba de fondo, entre los gases vehiculares y los aromas naturales de cada ser vivo.
Y en una temporada donde la naturaleza pregonaba su visual atractivo, estar impedido de apreciarla era uno de los peores castigos.
—¡Overon, el desayuno!
Só