En el mortal silencio de la celda, los pesados pasos del guardia se oyeron estruendosos, y lo que hizo después fue una infernal cacofonía: golpeó con su bastón tonfa uno a unos los barrotes, desde el extremo hasta detenerse frente al prisionero.
—Overon, visita —dijo, con voz severa.
Cualquier reclamo hacia su inadecuada y descortés conducta sólo la potenciaría. Misael estaba separado de la población general, pues no había sido condenado todavía, pero la tortura psicológica no hacía diferencias