—Has vuelto a verte ruinoso —le dijo Jenny a Max cuando lo saludó en la estación por la mañana.
Las ojeras se habían instalado con más fuerza que nunca y la piel cenicienta resurgía para hacerlo parecer un anciano enfermizo. No se había rasurado y su cabello se veía indomable.
—Qué bueno que el amor es ciego —dijo él, besándole la mejilla.
Ella le besó los labios. Estaban en el rincón del café.
—¿Cómo está Sara? Ella siempre llega temprano y hoy no ha aparecido.
—Sara está siendo sacudida por l