El lunes por la mañana, la realidad me golpeó en la cara antes incluso de bajar del coche. El chófer de Julián detuvo el Mercedes frente a la escalinata de la facultad de Derecho con una puntualidad que me resultó ofensiva. El fin de semana en el campo, las risas con Lucía y el calor de las manos de Mateo parecían ahora un sueño lejano, una alucinación que el asfalto de Madrid se encargaba de borrar.
Bajé del coche intentando mantener esa máscara de frialdad que tanto me había costado reconstr