Mundo ficciónIniciar sesiónNo sé en qué momento la conversación se ha ido a ese terreno, pero lo ha hecho.
Y no voy a mentir… saber que hace semanas que no se acuesta con ese capullo de Freddy me deja un sabor demasiado bueno en la boca. Más del que debería. El lado más básico, más primitivo de mí, ese que no suele pedir permiso, lo celebra como si acabara de ganar algo. Ridículo. Pero real. Antes me ha llamado sexy… y no tiene ni idea. Ni la más mínima. Porque si hay alguien en esta habitación que no necesita esforzarse para serlo, es ella. Meghan lo es sin proponérselo, sin buscarlo, sin siquiera darse cuenta. Le falta creérselo, sí… pero para eso ya estoy yo. Por los dos. —Tienes que irte, ¿no? Su voz me saca del bucle en el que me he metido yo solo. Me había quedado mirándola más de la cuenta. —Sí… —respondo, espabilando—. Es verdad. No quiero irme. Ni de coña. Pero tengo que hacerlo. —Venga, prepárate —añade—. No querrás llegar tarde. Asiento, aunque lo último que me apetece ahora mismo es salir por esa puerta. Me acerco y le dejo un beso en la frente, más por necesidad que por costumbre, y me meto en la habitación a toda prisa. Me pongo unos vaqueros y una camiseta de tirantes sin pensar demasiado, cogiendo lo primero que encuentro. Cuando salgo, ya estoy en modo automático. —Llegaré tarde —le digo mientras cojo el casco—. Duerme en mi cama. Yo me apaño en el sofá. —No voy a echarte otra vez de tu habitación. —No tiene sentido que duermas en el sofá —respondo, sin darle muchas vueltas—. Yo casi ni la voy a pisar hoy. Tú la necesitas más. —Pero Josh, yo… —Pero nada, nena —la corto, abriendo la puerta—. No se hable más. Si me quedo un segundo más, igual cambio de idea. Y eso sí que sería un problema. Salgo antes de que pueda responder y bajo directo a la moto. El aire me despeja lo justo durante el trayecto, pero no lo suficiente. Media hora después estoy en el club. Caleb está en la entrada, como siempre, vigilando que todo siga en pie. Lleva media vida en esto… y yo prácticamente también. Si estoy aquí es, en gran parte, por él. —¿Qué pasa, tío? —me dice en cuanto aparco—. ¿Todo bien? —Sí —respondo—. ¿Cómo está el ambiente? —Movido —sonríe—. Las tuyas están revolucionadas. Pero vamos… en cuanto empieces, se les pasa. O eso espero por tu bien. Resoplo una risa. Eso suena peor de lo que debería. Entro y lo confirmo al instante. El local está a reventar. Ruido, luces, música… y una energía que se nota en cuanto cruzas la puerta. La sala donde actúo está llena hasta arriba, y no hace falta ser muy listo para ver de dónde viene el problema. Despedida de soltera. Perfecto. Desde la entrada ya se oyen los gritos, las risas, el alcohol haciendo su trabajo. Si esto se tuerce, salgo sin piel. —Prepárate —dice Jonas acercándose—. Esas están como cabras. Me río, pero él no. —He entrado antes a ver si necesitaban algo… y casi me arrancan un brazo —añade—. Te lo digo en serio. Jonas es más grande que un armario empotrado. Si él dice eso… yo me preparo para lo peor. —Genial —murmuro. Las luces se apagan en cuanto entro en la sala. Solo queda el foco central iluminando el escenario y la silla en medio. Todo lo demás desaparece. Y entonces empieza la música. Camino hacia la silla notando cómo se acercan, cómo se pegan al borde del escenario. Algunas ya están listas para saltar antes de tiempo. Menos mal que Caleb y Terry están atentos, porque hoy va a hacer falta. —¡¿Cuándo empieza esto?! —¡Venga, quítatelo ya! —¡Morenazo, que no tenemos toda la noche! Los gritos suben desde abajo, desordenados, impacientes, cargados de alcohol y ganas. Sonrío. Esto lo he hecho mil veces. Empiezo con calma, marcando el ritmo, dejando que suba la tensión. Pero no me da ni tiempo a calentar el ambiente como toca. No me he quitado ni la camisa cuando una pelirroja se sube al escenario y se me lanza al cuello. Está borracha. Mucho. Y tiene más fuerza de la que debería. —Eh, eh… —intento apartarla sin romper el número, pero la tía va directa al grano. Me agarra del pantalón y tira hacia abajo sin ningún tipo de pudor. Genial. Justo lo que faltaba. Antes de que consiga nada, Terry aparece, la agarra por la cintura y la saca del escenario como si pesara nada. Y esto acaba de empezar. La puerta se abre cuando sale Terry y, justo detrás, aparece Patty apoyada en el marco. Tiene esa sonrisa suya, torcida, casi peligrosa, y me hace un gesto con las cejas que deja claro que se lo ha pasado en grande viéndome ahí dentro, rodeado de lobas hambrientas. Consigo terminar el número como puedo. Literalmente como puedo. Ni Caleb ni Terry han sido suficientes para contener a esas locas, y por un momento he tenido la sensación real de que iba a salir de ahí sin piel. Parecía que no hubieran visto a un hombre en años… o peor, como si yo fuera el último sobre la faz de la tierra. Ha habido una que se me ha subido encima en cuanto me he quedado en bolas, sin ningún tipo de filtro. Durante un segundo he pensado que me arrancaba algo más que el pantalón. —Toma, Josh. Esto es por lo de esta noche —dice Jason cuando salgo, tendiéndome un sobre. Lo abro por inercia y arqueo una ceja al ver lo que hay dentro. —¿Y esto? Ya te he dicho que no hacía falta. —Claro que hacía falta —responde, partiéndose de risa—. No solo has entrado antes, es que casi no sales vivo de ahí dentro. —Ni que lo digas… —murmuro, negando con la cabeza—. Pero esto es demasiado. —Qué va. Considéralo un plus por peligrosidad. Eso me hace soltar una risa de verdad. Le doy una palmada en el hombro y chocamos las manos. Jason será muchas cosas, pero como jefe es difícil superarlo. Recojo mis cosas y salgo hacia la moto, con el cuerpo aún cargado de adrenalina y la cabeza pidiendo cama a gritos. Pero justo cuando voy a arrancar, oigo sus tacones. —Espera un segundo, hombre… ¿qué prisa tienes? Patty. Siempre Patty. —¿Qué quieres? —respondo, sin bajarme del todo. —Tranquilo, solo quiero hablar. —No tengo tiempo —digo, poniéndome el casco—. Estoy reventado. Necesito llegar a casa. Se cruza de brazos, apoyándose en la moto como si no tuviera ninguna intención de dejarme ir. —¿Has pensado en la oferta que te hice? Ahí está. —Ya te di mi respuesta. —Pues repítela —insiste, con media sonrisa—. Pero esta vez que sea la correcta. La miro un segundo. Sabe perfectamente lo que está haciendo. Y por eso mismo no puedo permitirme quedarme ni un minuto más. —Buenas noches, Patty. Arranco sin darle opción a seguir. Porque si hay alguien capaz de hacerme dudar de mis propias normas… es ella. Y eso ya es suficiente problema como para encima quedarme a negociar. Llego a casa pasadas las cinco. El edificio está en silencio y, al entrar, el salón está vacío, lo que significa que Meghan me ha hecho caso y se ha quedado en mi cama. Respiro hondo. Error. En cuanto abro la puerta del dormitorio, la luz tenue del pasillo se cuela dentro y cae directamente sobre ella. Está dormida, tranquila… y jodidamente preciosa. El camisón que lleva —demasiado ligero, demasiado sugerente— no ayuda en absoluto. De hecho, ayuda justo a lo contrario. Aprieto la mandíbula y entro con cuidado, intentando no hacer ruido. Solo quiero coger un pijama, una almohada… y desaparecer antes de que mi cabeza empiece a jugarme malas pasadas. Estoy a punto de salir cuando su voz, todavía cargada de sueño, me detiene. —¿Josh…? ¿Eres tú? Me quedo quieto un segundo. —Sí, peque. Sigue durmiendo —respondo en voz baja, retomando el paso. —No te vayas… quédate conmigo. Cierro los ojos un instante. «No me hagas esto…» —Tranquila, el sofá está bien —contesto, intentando sonar normal. Pero ya es tarde. Se levanta. La oigo antes de verla, arrastrando un poco los pies, todavía medio dormida. Cuando llega hasta mí, me coge de la mano sin dudar, como si fuera lo más natural del mundo, y me sonríe de esa manera suya que desarma más que cualquier otra cosa. Joder. Tira suavemente de mí, llevándome de vuelta a la cama, y se tumba dejando un hueco a su lado, apartando las sábanas como si no hubiera ningún problema, como si esto no fuera una mala idea. —Vamos… ven conmigo. Y ahí está el verdadero problema. Que quiero hacerlo.






