Capítulo 7: Meghan

El calor de su cuerpo es como un bálsamo que me envuelve poco a poco, calmando algo que ni siquiera sabía que tenía tan tenso por dentro. A su lado todo parece más sencillo, más llevadero, como si el mundo pudiera esperar un poco más mientras estoy aquí, acurrucada contra él.

Josh es mi mejor amigo. Siempre lo ha sido. Aunque estos últimos meses lo haya tenido más apartado de lo que me gustaría reconocer, la realidad es que nunca ha dejado de estar presente en mi vida, de una forma u otra, como ese punto fijo al que siempre acabo volviendo.

Y ahora mismo… más que nunca.

Me pego un poco más a él, notando su calor, su respiración, esa energía tranquila que transmite incluso cuando no dice nada. Me hace sentir protegida, segura… y eso es algo que ahora mismo necesito más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—¿Cómo ha ido la noche? —pregunto, levantando ligeramente la cabeza para mirarlo—. ¿Te han metido mucha mano?

No puedo evitar reírme al decirlo, porque la imagen es demasiado fácil de imaginar.

—No te rías —responde—. He temido por mi vida.

—Cómo sois los tíos… qué exagerados.

—Te lo digo muy en serio —insiste—. Si no llega a ser por los chicos, me violan.

Eso hace que me ría todavía más, y entonces él reacciona.

En cuestión de segundos me tiene debajo de él, haciéndome cosquillas sin piedad. Me retuerzo, intento apartarlo, pero no hay forma. Cuanto más me río, más insiste, como si fuera una misión personal acabar conmigo.

—¡Será posible! —protesta—. ¿Te hace gracia que tenga miedo de ir a trabajar?

—¡No! —consigo decir entre risas—. No tiene ninguna gracia… para, por favor…

—Ni de coña. No hasta que te disculpes.

—Lo siento… lo siento de verdad, Josh —digo como puedo, intentando recuperar el aire.

—Así mejor.

Se detiene, pero no se aparta.

Y es entonces cuando lo noto de verdad.

Está encima de mí.

Muy cerca.

Demasiado.

Su peso no me molesta, pero su mirada… eso ya es otra cosa. Hay algo distinto en sus ojos, algo más oscuro, más intenso, como si durante un segundo se hubiera olvidado de quién soy para él… o de quién debería ser.

La luz de la luna entra por la ventana y le da de lado, marcando sus facciones, dejándolo aún más… joder.

Está guapísimo.

No sé en qué momento dejo de pensar con claridad. Solo sé que, antes de poder frenarlo, hago algo que ni siquiera me había planteado.

Subo la mano hasta su nuca y tiro de él hacia mí.

Y lo beso.

Es breve.

Torpe.

Pero real.

Y en cuanto ocurre, soy la primera en quedarme en shock.

—Perdona… —murmuro, apartándome de golpe—. Lo siento.

Me tapo la cara con las manos, notando cómo me arde hasta el último centímetro de piel. No sé qué acabo de hacer ni por qué, pero tengo clarísimo que acabo de cruzar una línea que llevaba años perfectamente marcada.

—No pasa nada, peque.

Su voz suena calmada, demasiado calmada, y eso casi me pone más nerviosa.

Se aparta y se tumba a mi lado como si nada hubiera pasado, pero yo no puedo hacer lo mismo. Me quedo rígida, incómoda, dándole vueltas a lo que acaba de ocurrir, intentando entender si esto cambia algo… o si debería fingir que no ha pasado.

Somos amigos.

Siempre lo hemos sido.

¿Y ahora qué?

—No sé qué me ha pasado… —añado, bajando la voz—. De verdad. Lo siento mucho.

—Está bien —dice, apartando suavemente mis manos de la cara—. No ha sido nada.

Y justo ahí es donde algo no encaja.

Porque para mí… sí que lo ha sido.

—Son las hormonas… —empiezo, sintiendo que necesito justificarlo de alguna manera—. Me tienen como loca, no sabía que…

—Meghan —me corta con suavidad, pero firme—. Déjalo. No pasa nada.

Y ahí se queda todo.

En silencio.

Uno de esos silencios incómodos que no sabes muy bien cómo rellenar sin empeorarlo. No sé si debería seguir hablando, hacer como si nada o directamente darme la vuelta y desaparecer bajo las sábanas.

¿Esto va a cambiar algo?

¿Lo he estropeado?

—Es tarde —dice al final—. Será mejor que durmamos un poco.

—Sí… tienes razón.

Me doy la vuelta despacio, intentando que no se note demasiado cómo me alejo hacia el otro extremo de la cama, como si esa distancia pudiera arreglar lo que acabo de hacer. Pero no llego muy lejos, porque al segundo noto sus brazos rodeándome por detrás y su respiración cerca de mi nuca.

Se me encoge algo dentro.

—Buenas noches, peque.

Su voz suena igual que siempre.

Y eso, de alguna forma, lo complica todo más.

—Buenas noches —murmuro, dejando que el cansancio me arrastre otra vez.

Cuando me despierto por la mañana, lo primero que noto es el hueco vacío a mi lado. Me doy la vuelta por inercia y paso la mano por las sábanas; aún están calientes, así que no hace mucho que se ha levantado.

Entonces escucho la cisterna.

Y después la puerta del baño.

Aparece con el pantalón de pijama bajo, cayéndole justo en las caderas, el pelo algo revuelto y esa tranquilidad suya que debería ser ilegal a estas horas de la mañana. Sin disimular lo más mínimo, dejo que mi mirada lo recorra de arriba abajo, despacio… demasiado despacio.

Cuando llego a su cara, está sonriendo.

Pillado.

—¿Las hormonas otra vez? —dice con ese tono socarrón que empieza a sacarme de quicio.

—Oh, vamos… cállate.

—Lo entiendo —añade, encogiéndose de hombros—. Soy muy sexy.

Esa palabra otra vez.

Y no puedo evitar recordar perfectamente cuándo fui yo quien la dijo primero.

Genial.

—¿Te apetece que vayamos a desayunar fuera? —pregunto, cambiando de tema antes de que esto se me vaya de las manos.

—Claro. Me doy una ducha y nos vamos.

—Vale… entonces espero a que acabes y me doy una yo también.

Se gira hacia el baño, pero se detiene un segundo antes de entrar.

—Si quieres podemos compartirla… igual tus hormonas me lo agradecen.

Se ríe él solo.

Yo le lanzo la almohada sin pensarlo. La atrapa al vuelo con una facilidad insultante y me la devuelve en menos de un segundo, dándome de lleno en la cara.

Y no puedo evitar reírme.

Porque con él… siempre acabo riéndome.

Terminamos en el mismo Starbucks del otro día. Yo pido un chocolate con doble de nata y un croissant, y él, fiel a sí mismo, un café solo y una magdalena de arándanos.

Cuando me termino el croissant todavía me queda medio vaso de chocolate, y sin darme cuenta empiezo a mirar su magdalena más de la cuenta. Josh lo nota, claro, porque lo nota todo, y sin decir nada parte la mitad y me la ofrece.

Sonrío como si acabara de ganar algo.

—Gracias.

«Me voy a poner como un tonel», pienso, pero sinceramente ahora mismo me da bastante igual.

—¿Te apetece algo más? —pregunta levantándose, con esa sonrisa que ya empieza a parecer sospechosa.

—No… creo que ya he comido suficiente para dos semanas.

—Vale, voy a pagar.

Asiento y me quedo terminando el chocolate mientras recojo mis cosas. Cuando vuelve, ya estoy de pie esperándolo junto a la puerta.

—Tienes un poco de… —empieza.

No termina la frase.

Simplemente acerca la mano, pasa el pulgar por mi labio inferior y, antes de que pueda reaccionar, se lo lleva a la boca.

Mi cerebro deja de funcionar.

—¿Qué pasa? —dice como si nada—. Tenías chocolate… y no me has ofrecido.

Sonríe.

Y sale por la puerta.

Y yo me quedo ahí, plantada, intentando procesar lo que acaba de pasar sin que se me note demasiado.

«Vale. Perfecto. Genial.»

Definitivamente voy a morir de sobreexcitación.

El lunes me deja en el trabajo y me acompaña hasta la puerta. Todo parece normal hasta que vemos a Freddy bajarse de su coche… acompañado.

Andrea.

Me saluda como siempre, con esa sonrisa dulce que hace que todo esto me pese un poco más de lo que debería.

—Cuánto tiempo sin verte, Meghan —dice dándome dos besos—. ¿Cómo va todo?

—Bien… —respondo, intentando sonar natural—. Bastante bien.

—Me alegro, cielo. ¿Mi marido se porta bien contigo? ¿No te dará mucho trabajo?

«Si tú supieras…»

—No, para nada —miento sin dudar.

Entonces su mirada se posa en Josh.

—¿Y este chico tan guapo? ¿Tu novio?

Y antes de que pueda reaccionar…

—Así es —dice él, extendiendo la mano—. Soy Josh. Encantado.

Me quedo helada.

No por lo que ha dicho.

Sino por lo natural que le ha salido decirlo.

Y cuando miro a Freddy, veo exactamente lo que esperaba: la mandíbula tensa, el ceño fruncido… y esa chispa en los ojos que deja claro que esto no le ha hecho ninguna gracia.

Nada de gracia.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App